A la sombra del volcán

Popocatépetl
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Los pueblos próximos al Popocatépetl viven entre el miedo y la resignación. Bajo la mirada amenazante del volcán, casi encima de ellos, tres pueblos fantasmas del estado de Morelos esperan resignados la hora del estallido más fuerte. Tan sólo quedan unos pocos de los 8.000 vecinos. No se han ido los reacios, los valientes, los incrédulos, los temerarios. Algunos se han encerrado en sus casas. Quizá para no sentirse tan solos. “Al principio fue hermoso, el monte se encendió como árbol de Navidad – explica Tomás Jiménez, un agricultor de la zona-, pero luego llegó el miedo, y mucho.” Las calles están desiertas en Ocoxaltepec, Hueyapan y Tlamimilulpan. Los perros buscan inútilmente a sus dueños. Algunos animales andan sueltos. Mulas, borregos, gallinas y muchos gatos sienten bajo sus patas como se estremece la tierra con los rugidos del volcán, voltean de un lado para otro sin que aparezca su dueño. Hace tres días, muchos se fueron corriendo, sin dejarles comida ni agua.

Más abajo, en Tetela del Volcán, hay brigadas de protección civil, así como soldados y policías, que coordinan la partida de los últimos autobuses que llevan a los evacuados a los albergues de Cuernavaca. Pero ya no suben a los pueblos fantasma. Ni impiden el paso. En el último rincón de Ocoxaltepec, una población ubicada dentro del radio de peligro máximo, a menos de diez kilómetros del cráter, el Popocatépetl parece caerse encima de uno, con su enorme fumarola y sus incesantes estruendos. Ahí, junto a la desierta plaza principal, frente al templo de San Francisco, espera sentado en el suelo Juan Carmona. “Esta es mi casita – dice, mientras señala un cubo de tabiques sin puerta y con unas cortinas raídas por toda protección de las ventanas-y ahí está uno de mis hijos.” La madrugada anterior decidió despachar a su mujer y a cuatro niños en los autobuses que enviaron las autoridades a recoger a la gente, que esta vez sí se asustó, después de la segunda erupción, la más fuerte, en la madrugada del martes. “Cuando el volcán comenzó a tronar hasta las mujeres lloraban, nunca nos había tocado nada que se pareciera.” No hubo mejor argumento que los rugidos del volcán para que la gente se fuera. Hacía tres días que Protección Civil trataba de convencer a los vecinos para que evacuaran. Pero sólo el espectáculo estremecedor de la noche del lunes lo consiguió. “¿Cómo me voy a ir? No tengo seguridad en mi casa y las pocas cositas que con mucho esfuerzo hemos juntado nadie me las va a cuidar”, dice Luis acomodándose el viejo sombrero que alguna vez fue blanco. “¿Y el Ejército?” Los soldados ni suben aquí. Otros tres hombres se acercan. Son primos de Luis pero, desconfiados, se niegan a dar sus nombres. Uno de ellos tercia en la conversación: “Los soldados son iguales que cualquier otro. Si subieran, serían los primeros en jalar cosas para sus casas”. “¿Y hasta cuándo se van a quedar?” “Mantengo el volcán en vigilancia. Ahora rezumba fuerte todo el día y aparte de fumarolas y truenos está echando lumbre desde hace tiempo, pero nadie sabe cuándo se va a enojar de veras”, explica el vecino. Cuando comienza a oscurecer, desde Ocoxaltepec se observa un espacio entre el cráter y la fumarola que asciende kilómetros arriba.

Poco a poco se puede ver el fuego que brinca como si se tratara de fuegos artificiales. Desde aquí, la lluvia de rocas incandescentes se ve casi al alcance de la mano. El espectáculo, no hay otra forma de llamarlo, es impresionante. “¿Usted cree que despierte a la jefa, a la volcana?”, pregunta un vecino señalando hacia el Iztaccíhuatl, el otro gran volcán, conocido por su orografía tumbada como la “Mujer Dormida”. Según una leyenda prehispánica, los dos volcanes son amantes. En Tlamimilulpan, a cinco kilómetros de ahí, niños descalzos corretean por la calle. Los últimos soldados se retiran en sus vehículos. Nadie puede esperar que los militares se queden a ver cómo el volcán vomita fuego sobre ellos. Hueyapan, de 5.800 habitantes, no es distinto. Las tres poblaciones están dentro del radio de alerta máxima. Y sólo algunos se quedan ahí, a merced del imponente volcán. Mitigan la espera con tequila y aguardiente. Son una estadística. Cinco por ciento. Según Protección Civil, la evacuación de las tres poblaciones “tiene un avance del 95 por ciento”. Y a nadie se obliga a salir. Uno de los pocos que decidieron quedarse es Antonio Nonalco, “el Tiempero”, famoso en la región por sus dones. Dicen que puede leer las nubes, alejar aquellas que llevan granizo y atraer las que sirven para el riego. Aseguran que también tiene el don de hablar con el espíritu del volcán, que le ha dicho que no se preocupe, que no pasará nada. “Cuando vaya a pasar algo, me va a decir qué tengo que hacer”, asegura Antonio, quien hace su vida de campesino como si nada ocurriera. No le asusta el volcán que escupe chispas. Dice que no saldrá del pueblo hasta que el “Popo” se lo indique. “¡No es que no pase nada, pero no hay riesgo de que el volcán truene porque tiene buena chimenea!”, responden, zumbones, Luis y Juan Martínez, que pretendían pasar por el Paso de Cortés, así llamado porque por allí pasó el conquistador extremeño para dominar al imperio azteca.

Denuncias de pillaje

Las exhalaciones del Popo se observan desde casi todos los puntos del valle de Chalco, y con mayor nitidez en Amecameca, de donde se asciende hacia el volcán por una estrecha carretera, hasta encontrar San Pedro Nexapa, a unos 13 kilómetros del cráter. Allí sólo quedan unos pocos vecinos y media decena de policías que vigilan para evitar el saqueo de casas abandonadas. Ya se han presentado denuncias de pillaje. A María del Rosario Valdés le hurtaron un toro y dos vacas. Por ello, muchos hombres que estaban refugidos en los albergues comenzaron a regresar para proteger sus propiedades y alimentar al ganado. “No queremos que nos pase lo que en Santiago Xalitzintla – dice un vecino-. Los evacuaron cuando el volcán echó fumarolas y cenizas en 1994 y después el Ejército saqueó las casas.” Eva Castro dice que los pueblos nahuas veneraron a “Don Goyo”, como es conocido el volcán, como una divinidad. Y aún ahora se le reverencia y se le rinde tributo. “Cada año, los campesinos le llevan su calzón blanco, su camisa blanca, su gabán y su penacho. Y sus guaraches (sandalias). ¡Es muy bonito! También le ofrendan mole, arroz, tortillas y pulque. Y van a comer todos con él; también le llevan música.” Y añade: “Nuestros hijos se bautizan allí cuando suben por primera vez al volcán”. El volcán ruge lastimosamente. ¿O son quejidos? Porque a eso suena. Cruje como si alguien arrastrara cadenas. Ante su vista impactante, con el penacho envuelto por material incandescente, un niño de estos parajes pensaría que se trata de un torito de fuego, de un castillo de juegos pirotécnicos. O tal vez creería que es una fogata que zangolotea las cenizas empujadas por vientos traviesos. Y aún se divertiría más con esas rocas de un metro de diámetro elevándose a 200 metros y cayendo después a cámara lenta. O si viera la lava… No es viscosa como uno se la ha imaginado siempre: son piedras, lisa y llanamente piedras.

La erupción del volcán Popocatépetl ha azotado al pueblo mexicano. Miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus casas Por Joaquim Ibarz

“No queremos que nos pase lo que en Santiago Xalitzintla. Los evacuaron cuando el volcán echó fumarolas en 1994 y el Ejército saqueó las casas”

“Al principio fue hermoso, el monte se encendió como árbol de Navidad, pero luego llegó el miedo, y mucho”, explica un campesino.

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