Regreso al Hogar, de Charles Dickens

Charles Dickens
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El espectro sonrió pensativamente y movió la mano al tiempo que decía: – ¡Veamos otra Navidad! Al pronunciar estas palabras, la figura infantil de Scrooge aumentó de tamaño, y la habitación se tornó un poco más oscura y más sucia. Los entrepaños se arrugaron, crujieron las ventanas, cayeron del techo trozos de yeso, y las vigas quedaron al descubierto; pero Scrooge no sabía mejor que tú, lector, cómo podía haber sucedido todo eso. Sólo sabía que era completamente real; que todo había sucedido así; que él se encontraba allí, solo otra vez, mientras los demás muchachos se habían ido a sus casas a disfrutar de las vacaciones. Ahora no estaba leyendo, sino paseando arriba y abajo con desesperación. Scrooge observó al espectro y, sacudiendo tristemente la cabeza, miró con ansiedad hacia la puerta.

Esta se abrió; y una niña, mucho más pequeña que el muchacho, entró precipitadamente y, echándole los brazos al cuello y besándolo una y otra vez, se dirigió a él, diciéndole: “Querido, querido hermano”. – ¡He venido para llevarte a casa, mi querido hermano! – exclamó la niña, palmeando con sus manitas y retorciéndose de risa-. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa! – ¿A casa, Fan? – replicó el muchacho. – ¡Sí! – dijo la pequeña, rebosante de gozo-. A casa, de una vez para siempre. Papá está mucho más amable de lo que solía estar, y nuestra casa es como la gloria. Una bendita noche, cuando me iba a acostar, me habló tan cariñosamente que no tuve miedo de preguntarle una vez más si podías venir a casa; y dijo que sí, que vinieras; y me ha enviado en un coche a buscarte. ¡Y vas a ser un hombre! – prosiguió la niña, abriendo mucho los ojos-. Y nunca más tendrás que volver aquí. Pero lo que importa es que vamos a pasar juntos todas las navidades; será la época más feliz de nuestra vida. – ¡Eres ya una mujer, mi pequeña Fan! – exclamó el muchacho. Ella palmoteó y rió, e intentó alcanzar la cabeza de su hermano; pero era demasiado pequeña. Volvió a reír y se puso de puntillas para abrazarlo. Luego comenzó a tirar de él, con su vehemencia infantil, hacia la puerta; y él se dejó llevar sin oponer resistencia. Una voz terrible gritó en el vestíbulo: “¡Traed aquí el baúl del señorito Scrooge!”

“Canción de Navidad” (Anaya)

Charles Dickens

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