Qué es un intelectual

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Los aniversarios son relojes de carillón que dan las horas con un retraso exacto de veinticinco, cien, o quinientos años. Se pone en marcha el juego de campanas, empieza a girar la rueda con las figuritas animadas, y vemos desfilar en efigie a los fantasmas del pasado: el rey Felipe, a Sissi emperatriz, a Juana de Arco o a Ricardo Corazón de León. Este año del 98 le ha tocado la vez al intelectual, por razones obvias. Y casi siempre, si no siempre, se ha aprovechado la ocasión para trazar primero una estampa idealizada del hombre de letras justiciero y ferozmente independiente, y lamentarse a continuación de que la especie prodigiosa se halle en vías de extinción. Yo encuentro este planteamiento exagerado, más aún, desaforado. ¿Por qué habría de ser el intelectual valeroso e independiente por definición? ¿Y por qué habría de emular siempre a Zola, y extender el índice en un inveterado gesto acusador? No quiero, sin embargo, correr demasiado.

Por si se diera el caso de que estamos hablando de cosas distintas, aclararé antes de nada qué entiendo por intelectual.

El intelectual se distingue del experto – del savant, dirían los franceses-por dos conceptos, ambos lógicamente entrañados entre sí. Primero, el intelectual no se halla adscrito a un estamento o gremio profesional. El intelectual no es por fuerza un docente universitario, o si lo es, su condición de intelectual no se debe a su condición universitaria. No es tampoco un investigador, ni un especialista, ni alguien que destaque por atesorar conocimientos peculiarísimos en tal o cual materia. Ni los teólogos o canonistas de la Baja Edad Media, ni los juristas franceses del Renacimiento, ni Max Planck o un nóbel en Medicina, han sido, o son, intelectuales necesariamente. S¡ lo fueron por contra, y con independencia de su cualificación profesional, Erasmo, Lutero, Voltaire, Unamuno o Sartre. ¿Por qué?

Esta pregunta nos conduce al segundo concepto, un concepto de la máxima importancia. El intelectual no sólo está adornado por una vocación, por así expresarlo, pedagógica, sino que ejerce esta vocación volviendo deliberadamente la espalda a las jerarquías del saber institucionalizado. En vez de apelar a sus pares en una ciencia determinada, el intelectual se dirige a lo que pudiéramos llamar el público culto. Por ello, Lutero y Erasmo, y muchos humanistas contemporáneos de ambos, fueron intelectuales o protointelectuales. No lo habrían sido sin la imprenta, gracias a la cual consiguieron hacerse entender por una masa de lectores inédita por su magnitud y de perfiles sociológicamente difíciles de determinar. Por lo mismo, fue un intelectual Voltaire, y por ello, igualmente, se dilató la clase intelectual al surgir la sociedad burguesa, progresar la alfabetización, y aumentar las posibilidades de ganarse la vida mediante el ejercicio de la pluma.

Niño intelectualEsto dicho, nos podemos explicar en parte por qué se tiende a pensar que el intelectual es más propenso a la crítica y a la contestación que el filólogo o el físico nuclear. El intelectual, tal como lo he definido, constituye una pieza suelta dentro del organismo social. No está sujeto, por hábitos de vasallaje o los órdenes de prelación que informan desde dentro a una estructura organizada, a los rigores y cautelas disciplinarias que se observan en las burocracias. Se debe enteramente, como dicen los actores, a su público. Ello le concede una libertad inusitada, y muchas veces preciosa. Pero ello, al tiempo, le hace inestable, ligero, y con frecuencia venal. Desde Guizot y Tocqueville, hasta Schumpeter, nos encontramos, en la gran literatura política de Occidente, con furibundas diatribas contra los intelectuales prontos de palabra, carentes de experiencia en las cosas de que hablan, y poco atentos a reparar en las consecuencias de las ideas que predican a izquierda y derecha. Sartre, Bernard Show, o el protofascista D’Annunzio, encarnan, a la perfección, esta imagen negativa. Todos ellos fueron botarates pol¡ticos. A ninguno de ellos les importó demasiado el impacto práctico de las opiniones que iban divulgando negligentemente, como el sembrador al alargar el brazo y esparcir el grano. Fueron, en fin, poco responsables, y dudosos amantes de la verdad y de la justicia. De donde me afirmo en la idea de que nos hemos puesto a añorar a un intelectual que nunca ha existido. No entiendo que se atribuya al intelectual una reciedumbre moral superior a la del tendero, el veterinario o el industrial cárnico. Y ello, sin tener en cuenta que el intelectual estadísticamente más común de este siglo ha servido a regímenes o ideologías poco recomendables con una desenvoltura y un aplomo dignos de mejor causa.

¿Qué nos queda del intelectual, luego de haber suprimido de su escudo heráldico los emblemas de la verdad, el valor y la independencia desinteresada? Ya lo he dicho antes. El intelectual fundamenta su carrera en la noción de que se puede hablar de las cosas importantes en un lenguaje inteligible para casi todos. En parejo sentido, no se puede ser partidario de la democracia sin pensar al tiempo que la figura del intelectual es… técnicamente posible. De ahí a sacralizar al intelectual, o a mancharse la frente de ceniza porque su voz no arrastre a las multitudes, media un abismo. En mal estado se hallaría una sociedad democrática donde un puñado de individuos no adaptara las inflexiones de la antigua oratoria sacra a discursear sobre los asuntos del día. Pero más rara sería aún la que confundiera esos discursos con el oráculo de Delfos. Un sitio bajo el sol para el intelectual. Pero no más que un sitio.

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