Por él sabremos siempre qué es poesía

Octavio Paz
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No quisiera perderme en meros recuerdos personales, menos aún en anécdotas: quien ha muerto es uno de los grandes nombres de la literatura hispánica de cualquier época, y uno de los mayores poetas contemporáneos del mundo. Pero silenciar aquí lo personal sería, en mi caso, dar una visión incompleta. Son treinta años de trato casi exactos, directamente o por persona interpuesta, desde que en el verano de 1969 José Luis Guarner llevó a Alberti en Roma mi ejemplar de “La arboleda perdida” para que me lo dedicara; pero son en realidad más años, desde que en marzo de 1966 le mandé mi libro “Arde el mar”, que significativamente se abría con una cita suya y otra de Octavio Paz. En tantos años, muchas cosas hubo: cartas suyas y mías, telegramas, intercambio de libros, encuentros personales.

No puedo dejar de al menos recordar concisamente algunas cosas: el homenaje, casi de tapadillo, que pude tributarle cuando cumplió setenta años desde las páginas del semanario “Destino”, todavía con el concurso de Vicente Aleixandre; el ejemplar dedicado de su libro “Desprecio y maravilla”, que me entregó de su parte Ricard Salvat, en los duros años finales del franquismo, en los que tener este libro era virtualmente delinquir; el estreno en Barcelona de “El adefesio”, interpretado por María Casares y dirigido por Cavalcanti, con Rafael todavía en Roma, pero con la presencia de su hija Aitana; nuestro primer encuentro en Barcelona, en la galería Maeght, que quedó registrado (1977) por la cámara de Català Roca; los muchos años en que pude contribuir a su difusión editorial en España, de modo extenso y sistemático en los setenta y ochenta, y luego nuevamente desde 1998, con todavía, a fecha de hoy, algunos títulos pendientes de próxima aparición. Por encima de todo ello, en esa constelación o miríada de evocaciones fugaces, poderosas y mutuamente entrelazadas, que se anudan a la sustancia de mi propia vida de hombre y de poeta, resaltan en forma indeleble dos imágenes de Alberti: la de las repetidas y muy frecuentes jornadas en Madrid, en 1987, cuando en vísperas de cumplir 85 años y de publicar en Seix Barral el segundo tomo de “La arboleda perdida”, comía con él. A medias inmovilizado a causa de un accidente, pero en progresiva recuperación, le traté más extensamente que en ningún otro momento; por otro lado, la última vez que le vi cara a cara, en Barcelona, en el Ritz, en el verano del 92, de regreso de Cuba. Era ya un Rafael algo fatigado, pero era el Rafael de siempre, a quien, aquel día, acompañaban además de María Asunción Mateo, Xavier Ribalta y Paco Ibáñez. Menos locuaz, en apariencia, que antaño, bastó con nombrarle a Góngora para que recitara de memoria un fragmento del “Polifemo”, y la mención de Emilio García Gómez, que a un tiempo le evocaba su juventud y la poesía arábigo andaluza, le animó extraordinaria y contagiosamente. Le pregunté si recordaba que en esta misma ciudad leyó en público, durante la guerra, un poema cuyos versos finales decían: “Catalanes, yo os saludo./¡Viva vuestra independencia!”, y me dio una respuesta muy característicamente suya: no sólo lo recordaba, sino que estaba dispuesto a leer nuevamente el poema en público si le traía una copia. Siempre fue difícil separar, en la fascinación que de la presencia de Rafael dimanaba, la parte que le correspondía a él mismo y la parte que correspondía a la historia que había vivido y que encarnaba. Había en él algo de legendario: era a la vez el último poeta de la vanguardia de anteguerra y el último poeta de la revolución. Su voz y forma de hablar, inconfundibles, a la vez de andaluz y de porteño, con algo de italiano, subrayaban esta fascinación. Conciencia de la tradición Dos cosas deben decirse ante todo, tres, quizá: era un hombre de una simpatía personal extraordinaria, era uno de los seres de inteligencia más aguda y rápida que he conocido y – en contra de la imagen que de sí mismo quiso dar a veces-estaba lejos, aunque enormemente dotado, de ser sólo un poeta instintivo, que había leído muy bien y asimilado admirablemente todo lo que le correspondía conocer, y su juicio siempre se basaba en una profunda conciencia de la tradición – clásica, moder-na-en la que se insertaba cuanto escribía. Todo lo que escribía es, al cabo, lo que nos queda hoy; por ello, y no por individualidad cautivadora, le juzgará la posteridad. Es para mí la misma evidencia que su lugar, en la historia de la poesía en España, estará entre los mayores, al lado de sus modelos, y, en primer lugar, del Lope de Vega poeta lírico, con quien comparte la facilidad natural para escribir y una vida amorosa variada, con momentos dramáticos y momentos de plenitud y de felicidad. Salvo Lorca, truncado a destiempo, ningún poeta de la generación tuvo un registro tan amplio; ni siquiera Gerardo Diego, que fue casi un Alberti conservador. Pero la variedad de registros, unida a las dotes innatas, no deben hacernos pensar que es sólo un virtuoso de la poesía; y el hecho de que la mayor frecuencia y aceleración en los cambios de su estética se concentre en los años que median entre comienzos de los veinte y fines de los treinta no significa que después de la Guerra Civil Alberti perdiera vitalidad creadora: fue siempre en potencia – y cuando quiso, en acto- todos y cada uno de los poetas que había sido sucesivamente, más otro: el que era en cada nueva etapa de su vida. Cierto que no habría sido quien fue, y lo reconoció siempre, sin Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez; pero, por otro lado, ningún poeta posterior a él se concibe sin la existencia previa de Alberti en el ámbito hispánico. Y, en el mundial, representó – con Maiakovski, Neruda, Aragon, Nazim Hikmet, entre otros-la generación que, en un envite decisivo, optó a la vez por la radicalidad estética y la política. Una cosa hay que decir: la validez de su obra, en este sentido, no depende de la vigencia de la forma concreta que tomó esta opción en el periodo histórico que Alberti vivió. Depende, por el contrario, de la coherencia que respecto a sus propias premisas mantiene la obra misma. La idea de la revolución, en la forma que adopta en la poesía de Alberti, es algo distinto de lo que es denominado revolución por los políticos, aunque momentáneamente pudo parecer a veces que lo uno y lo otro coincidían; pero, marchita ésta o aquella revolución, la que postulan los versos de Alberti no ha perdido vigor y lozanía; por ellos, no por la esquiva historia, la recordamos. Vitalidad expresiva Lo que hechiza y casi avasalla en Alberti es la evidencia inmediata de una capacidad expresiva del todo inhabitual, capaz de alcanzar la perfección alada e intangible de la poesía de cancionero. La majestad marmórea del barroco, la visión alucinada de lo surreal, la invectiva lapidaria de la copla de combate o el remansamiento en una dicción sosegada y coloquial. La inventiva y la vitalidad expresivas son siempre sorprendentes: Alberti puede escribir el epitafio del Tercer Reich en un soneto digno de los mejores de Quevedo, puede competir con la poesía de André Breton (e incluso con la de Lautréamont) en su propio terreno, puede optar por una tonalidad cercana a la de la generación de los cincuenta superándola ampliamente, puede escribir en su senectud gran poesía amatoria – desde “Amor en vilo”, difundido sólo muy fragmentariamente, hasta “Canciones para Altair”-y puede darnos una visión del franquismo (en “Desprecio y maravilla”) capaz de resultar aún hoy incómoda para algunos tras las amnesias de la transición. Es, siempre, un poeta joven, y un gran poeta desde joven. No es sólo nítido o llano: sabe ser conceptista o bucear en lo oscuro, a tientas por los sótanos del ser, para volver a lo diáfano cuando lo desea, aposentado en el tuétano del idioma, y por ello a trechos intraducible como nuestro Josep Carner, pero otras del todo traducible. Algunos le igualan; nadie le supera. Hay que decir también que fue excelente prosista, y no sólo en sus memorias, sino en sus semblanzas y textos críticos (reunidos, sobre todo, en “Imagen primera de…” y en “Prosas encontradas”, cuya compilación muy aumentada prepara Robert Marrast), y, por supuesto, en su teatro, ya desde “El hombre deshabitado”, de tan anómala e insatisfactoria difusión escénica, en España al menos. Mas todo ello – memorias, prosa varia, teatro-es en él una forma que adopta la poesía. Si con Alberti, pues, perdemos a la poesía en la expresión más alta en nuestra Península, hoy nos queda al menos una certidumbre: Alberti nos permitirá siempre saber qué es la poesía. PERE GIMFERRER De la Real Academia Española

En marzo de 1975, cuando acababa de publicar “El poeta en la calle” y decía que si el artista no baja a la calle, lo haga bien o lo haga mal, estará perdido, le hice una visita en su casa del Trastevere romano y me dijo que de niño quería ser pintor, que lo que de veras le gustaba cuando iba a los jesuitas del Puerto de Santa María, lo que de veras le entusiasmaba, era dibujar: “Como era externo, a veces en lugar de ir a clase me iba con mis lápices y mi cuaderno a pintar barcos y árboles”. Fue su tía Lola de Granada, que era pintora, quien le enseñó a manejar los pinceles y después, al llegar a Madrid, cuando no se pasaba el día en el museo, salía a pintar por las calles. Pintó un “San Francisco” yacente de Zurbarán y “La gallina ciega” de Goya, que a sus amigos les parecían exactamente iguales a los auténticos. Consecuentemente con su voluntad de entregarse a la pintura, Alberti ingresó en la Academia de San Fernando, donde conoció a Dalí y donde Romero de Torres daba la clase de desnudo. Era exclusivamente pintor, uno más de aquella vanguardia hoy legendaria de los ultraístas. Conoció a Delaunay y le encantaron sus discos de colores. Tuvo exposición en el Salón de Otoño y figuró en la sala que la crítica denominó “sala del crimen” con una obra algo cubista que, pese a sus colores claros, bautizó “Nocturnos rítmicos en la ciudad”; de ella un crítico dijo: “Este nocturno rítmico de día es la descomposición rítmica en la ciudad de una sandía”. Lorca, pidiéndole que le hiciera un retrato, le recomendó que no se pasara a la poesía porque lo suyo era pintar. Es el retrato que Lorca tenía en su habitación de la Residencia de Estudiantes. Fue lo último que pintó porque empezó a sentirse más a gusto escribiendo. “Claudio de la Torre me dijo que presentara el libro que había escrito a un premio Nacional de Literatura que era de 5.000 pesetas. Era ‘Marinero en tierra’ y gané. El tránsito de poeta a pintor fue muy doloroso.” Fue en 1924; en aquel año hacía su última exposición en el Ateneo y sacaba su primer libro de poemas. Luego vino la guerra y se fue a vivir a Buenos Aires, donde experimentaba tal necesidad de ver buena pintura que se puso a escribir un “Tratado poético de la pintura” a la vez que pintaba “liricografías”, en las que integraba ritmo, color y palabra. Estas obras han sido expuestas en museos de todo el mundo. Alberti ha prodigado entre sus amigos libros de pintura y poesía que hacía totalmente a mano, como el que dedicó a Joan Miró. Luego ambos colaboraron en el libro “Maravillas acrósticas en el jardín de Miró”, en el que Alberti prefiguró jardines, espacios abiertos donde Miró pudiera pintar. Recuerdo que también me dijo: “Mi poesía siempre ha sido completamente plástica. Si no veo dibujado un poema, si no veo visualmente si va a ser chico o no, no lo sé escribir. Siempre he de modelarlo conforme se me representa en la imaginación”. Como Joan Miró hubiera podido decir, quizá: “Yo no hago diferencia entre pintura y poesía”. MARIA LLUÏSA BORRÀS.

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