La bolsa

Bolsa
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MANUEL TRALLERO

Si alguien tuviese la ocurrencia de decirle, por ejemplo, a un pianista que interpreta un concierto de Mozart que entre sus cualidades figura la de poseer un instinto asesino, el personal mayormente le recriminaría su conducta. Sin embargo, si un comentarista deportivo califica de semejante guisa a un delantero centro de un equipo de fútbol cuando avanza hacia la portería contraria, la audiencia recibe con natural beneplácito semejante ocurrencia.

Las cuestiones de la lengua son enrevesadas, como los temas del querer. Cuando escribo la palabreja mundialización, el ordenador se queda conmigo. Esta máquina infernal, con la que sostengo unas extrañas relaciones de odio y amor hasta el punto de que, en los momentos de desesperación, incluso le hablo para insultarla, dice de forma inequívoca, subrayándola con una línea discontinua roja, que se trata de un error de mi escritura, que es una invención.

Quizá por ello los magos de la palabra, es decir, los analistas económicos – una extraña profesión como pueda ser la de fakir o deshollinador de chimeneas-han cogido la copla al paso. Es una forma de hacernos creer que la bolsa tiene alguna explicación, cuando sabemos que es como aquel país de las maravillas que un día visitó Alicia o como la España socialista, en que lo importante no era el color del gato, sino que cazase ratones. El parquet es un sitio extraño, ejerce la misma fascinación que los lugares remotos y exóticos cuando aparecen en los folletos de las agencias de viajes. Pero una vez ya vistos pierden mucho. Es allí donde se desafían las más elementales leyes de la física, así que todo aquello que sube, no acaba bajando, hasta despeñarse contra el suelo; sino que, en el peor de los casos, sufre recortes importantes.

El vicepresidente segundo del Gobierno español, señor Rato, tiene ante sí una tarea ímproba: dar al asunto visos de credibilidad y evitar que alguien grite: “¡Las mujeres y los niños primero!”. Para ello, pone la misma cara que pondría Buster Keaton después de tragarse un sable. El buen hombre conoce perfectamente los indicadores macro-económicos pero es un ingenuo cuando dice que no pasa nada. Ignora que todo ciudadano tiene el deber moral de no creer nunca a su gobierno, de la misma forma que un prisionero tiene siempre la obligación de intentar fugarse.

Aquello que no consiguieron los más renombrados predicadores desde los púlpitos, lo que no lograron los más conspicuos revolucionarios con sus métodos pseudocientíficos y sus barbas pobladasechándose al monte, lo han logrado, tan ricamente y sin salir de casa, por ejemplo, los jubilados de los ferrocarriles británicos, al retirar de golpe y porrazo las inversiones de sus pensiones de la Bolsa de Singapur.

Hemos descubierto que no estamos solos en nuestra diminuta cáscara de nuez, sino que estamos unidos por un lazo indestructible que empieza con el índice Dow Jones y acaba con el Nikkei. De repente, y como quien no quiere la cosa, nos hemos dado de bruces con la fraternidad humana.

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