Invierno en Venecia

Venecia
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En invierno los venecianos se refugiaban en la ciudad, después de la caza, cuando empieza a soplar la “bora” desde lo alto del Grappa, es decir, en noviembre. Bailes y vida pública seguían hasta junio; entonces se volvía al Brenta o a las villas paladinas de los montes Euganeanos. Ya en el siglo XVI el Brenta estaba de moda. Cada familia patricia poseía allí una o varias villas. Los Pisani tenían cerca de cincuenta. La residencia de los Contarini, en Piazzola, tenía cinco órganos, dos teatros donde cinco carrozas podían circular enganchadas de frente, un lago y suficientes alcobas para ciento cincuenta huéspedes con su servicio. Los primeros grabados de los siglos XIV y XV nos muestran casas fuertes, almenadas, sin ventanas ni escaleras. Dos o tres siglos más tarde son moradas muy diferentes cuya existencia conocemos por los Tiépolo o los Longhi del Museo Rezzonico y las escenas campestres de la galería Papadopoli.

Indolencia, música, siestas, cháchara de señoras, entre maridos y galanes, en medio de una nube de amigos, de parásitos, de músicos tocando el clavicordio, ninguno de los cuales quita el ojo de las mesas donde pirámides de vajilla de estaño esperan la llegada de los manjares. Ignoro en qué estado se encuentra actualmente el centenar de villas que visité antaño, todas más o menos iguales, con sus rejas de hierro forjado que no se pueden abrir por culpa de las malas hierbas, sus pilastras coronadas de obeliscos o divinidades de piedra con peluca de líquenes; ¿qué han dejado de ellas los promotores de parcelas, las devaluaciones, los ocupantes? Únicamente la villa Pisani de Stà, mantenida por el Estado, tiene el porvenir asegurado. Pero ¿y el salón de Psique, los techos con falsas perspectivas de la villa Venier, los de la casa Widmann, las chinerías de la Barbariga, el salón de juego de la villa Giustiniani, la sala de Juno de la villa Grimani, y todos los jardines de Armida o del “Sueño de Polifilo”, todo el hechizo de moradas que he conocido, intactas unas desde tres siglos atrás, ruinosas otras? ¿Y sus salones verde almendra o rosa pálido, agrietados de arriba abajo, llenos de arados, de gradas oxidadas y carretas sobre las que caían, desde el techo, en grandes placas podridas de humedad y vetustez, las diosas del Veronés o las bailarinas de minueto de Tiépolo?

“Venecias” (Península)

 

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