Historia de la economía

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Desde los años veinte la economía dejó de dar al ahorro y a la acumulación de capital la importancia que le dieron los clásicos, especialmente Adam Smith. La causa de este acontecer fue que, en esa época, los países desarrollados generaban más ahorro del que podían invertir en sus propias economías y no podían seguir exportándolo al resto del mundo. Bien porque se habían satisfecho muchas de las oportunidades de inversión en infraestructuras; bien porque, debido a los desajustes políticos creados por la Primera Guerra Mundial, no había suficiente garantias sobre el retorno de los principales y dividendos de la inversión internacional en los países aún necesitados de capitales en Europa del Este y Asia.

Esta situación dio lugar a dos nuevas formaciones teóricas sobre el ahorro y la inversión. La más divulgada ha sido la de Keynes, la más trascendente fue la de Ramsey, que ha influido hasta nuestros días. Los dos intuyeron que el exceso de ahorro inexplotable podía generar graves problemas mundiales. Paro en los países exportadores de capital, porque, luego se ha visto, tendía a reducir su demanda efectiva, y paro e inflación en los países importadores de capital, que no podían financiar la inversión para emplear a su población.

Cada uno ofreció una solución diferente al problema, a pesar de que sus planteamientos estuvieron muy relacionados. Para entender su significación y los peligros que supone mantener ambas interpretaciones en el mundo actual, en el que la situación es la inversa, porque el problema es una falta de ahorro en un mundo sin barreras, hay que volver al planteamiento smithiano, ante el que los dos reaccionaron, para reformarlo.

Ahorro e inversión

A. Smith había supuesto que quién ahorraba sólo lo hacía para invertir. También creyó que el resultado de ese ahorro, es decir, la acumulación de capital, era la condición básica para aumentar la riqueza de las naciones. Sin embargo, no juzgó necesario estimular positivamente ni el ahorro ni la acumulación porque consideró que existe una tendencia natural que lo garantizaba en la medida requerida. Sólo propuso una medida defensiva para garantizar la efectividad de la acumulación. A su entender, lo único que frenaba el crecimiento que producían la frugalidad y la parsimonia privadas, era la prodigalidad de las clases ociosas e improductivas, los terratenientes y el Gobierno, así como sus servidores y empleados. Las grandes naciones, dijo, “nunca se empobrecen por la prodigalidad y mala gestión privadas, pero frecuentemente lo hacen por la pública”. De ahí su programa de reducción del Gobierno y desregulación del Estado.

En la primera postguerra mundial se había acabado la fiebre de la inversión de la burguesía ascendente. La gente no ahorraba ya sólo para invertir sino para consumir más en el futuro. Tampoco se podía suponer que se ahorraba y acumulaba lo necesario. Era obvio que unos países ahorraban excesivamente poco y otros demasiado.

Por eso fue esencial la pregunta explícita que se hizo Ramsey: “¿Cuánto debe ahorrar una nación de su renta?” y su metodología y solución. Teórico ortodoxo de base filosófico-matemática, uno de los más brillantes en su especialidad, ya que antes de morir a los 26 años publicó tres de los artículos de economía matemática más importantes del siglo, Ramsey trató de perfeccionar el modelo clásico adecuándolo a la nueva realidad. Enfocó para ello la problemática del crecimiento desde el consumo, no desde la producción, porque percibió que el objetivo de los países avanzados, en aquel momento, no era ya enriquecerse produciendo más, sino ser más felices trabajando menos y consumiendo más.

Pues bien, dado que el ahorro era necesario para producir más en el futuro pero implicaba una disminución del consumo en el presente, Ramsey se dijo que la cifra de ahorro deseable debía ser aquella que maximizara el bienestar intergeneracionalmente, lo que determinó a través de la técnica matemática de la optimización dinámica. El resultado, que se conoció como la regla Keynes-Ramsey, porque Keynes dio sentido económico a la formulación ramsyana, fue que la tasa de ahorro óptima era igual a la diferencia entre la bienaventuranza (bliss), es decir, la tasa máxima de disfrute posible de la renta, y la tasa actual de disfrute de la renta consumida neta de la desutilidad del trabajo incurrido para obtener la consumida, dividida por la utilidad marginal del consumo.

El cálculo numérico resultante de la fórmula asustó a todos los expertos. En función de los datos y supuestos utilizados, la tasa de ahorro debía ser del 60% de la renta. Aún corregida de los errores y simplificaciones de cálculo, era excesiva. Keynes, debió horrorizarse. Si una mejor formalización del planteamiento clásico revelaba que, con los propósitos menos austeros, más utilitaristas, eran racionales tasas de ahorro mucho más elevadas que las que ya originaban graves problemas mundiales, algo fundamentalmente estaba equivocado, debió pensar.

El origen del desequilibrio

Heterodoxo y pragmático, Keynes dijo que toda la cuestión debía ser un falso problema. Resultado del erróneo enfoque de los clásicos acerca de la relación causal entre el ahorro (no importa que lo determinara el deseo de acumular o el de consumir) y la inversión. Un planteamiento que impedía ver el origen real del desequilibrio financiero mundial y naturalmente solucionarlo. Para él, la causa de desequilibrio que padecía el mundo no era la abundancia de ahorro sino, al revés, la falta de inversión. Situación que casi nadie comprendía, a pesar de que era evidente, porque todo el mundo había asumido el precepto clásico de que los capitalistas encuentran todos los proyectos de inversión que precisan.

Tras muchos esfuerzos y por algún tiempo, las tres décadas centrales del siglo, convenció al mundo de que la relación fundamental entre esas variables críticas es la inversa: la inversión, que llevan a cabo los empresarios impulsados por su espíritu animal, es decir por su intuición más que por un cálculo financiero, genera entre los capitalistas el ahorro necesario para financiarla. En consecuencia, si el ahorro de la nación era superior a la inversión y no se podía exportar fuera, lo que había que hacer era fomentar la inversión interna privada a través de políticas monetarias de reducción del tipo de interés o fiscales de déficit público, normalmente en infraestructuras como ya era la norma histórica.

De esa forma indirecta, Keynes planteó la polémica, aún no resuelta y cada vez más crítica, acerca de cuál debe ser la diferencia entre la acumulación en una economía cerrada y en una abierta y competitiva, que los gobiernos socialistas y gran parte de la oposición han ignorado para nuestro pesar…

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