Desmesuras Patrióticas

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Cuando el 1 de enero de 1993 Eslovaquia y la República Checa rompieron su unidad y se separaron en una modalidad peculiar de ejercicio del derecho de autodeterminación, que se aplicó sin consulta popular se ponderó el carácter pacífico y consensuado de la iniciativa que fue considerada un «divorcio de terciopelo». Varios años antes, cuando en 1989 se produjo la caída del régimen comunista, gracias a la permanente presión de los ciudadanos en la calle, ya se había hablado de «revolución de terciopelo», de modo que se acreditaba, una vez más, la apuesta decidida por las fórmulas pacíficas de los pueblos del fugaz país llamado Checoslovaquia que, literalmente, se inventaron los nacionalistas y los vencedores de la Primera Guerra Mundial en 1918-19.

A partir de la separación, Chequia se ha ido consolidando como una democracia, candidata indiscutible a la Unión Europea y a la OTAN, pero no se puede decir lo mismo de Eslovaquia, que, según un reciente informe de Bruselas, deja mucho que desear por la «calidad de su democracia», cualquier cosa menos «aterciopelada».

Las dificultades de Eslovaquia para integrarse en la Europa de las democracias vienen no sólo ni sobre todo de su retraso económico o de la persistencia de los usos propios del pasado comunista, ahora camuflado, sino de los excesos del nacionalismo eslovaco. El Partido Nacionalista Eslovaco participa en el Gobierno del ex comunista Meciar y es el responsable directo de la persecución a que está siendo sometida la numerosa minoría húngara, que habita allí desde hace siglos, para utilizar libremente su idioma. El líder nacional eslovaco, Slota, que se codea con gentes de la catadura del hipernacionalista serbio Seselj o de Jean Marie Le Pen, considera «traidores» a los húngaros. Nada que pueda extrañar en estos nacionalistas que tienen una visión tan estrecha de su «única patria», como también dice por aquí Arzallus, y tan reduccionista de la política, que gira en exclusiva en torno al ombligo nacional. Al servicio de esa visión tan «patriótica» se producen en Eslovaquia abusos en el ámbito del bilingüismo y así se han prohibido en las escuelas, por orden del Ministerio, que está dirigido por los nacionalistas, textos bilingües eslovaco-húngaros y se ha perseguido a los maestros que se han negado a cumplir esta orden que va en contra de los acuerdos internacionales de protección de las minorías. Nada que pueda sorprendernos tampoco por aquí, donde lo último que hemos sabido es que a algunos niños vascos (¿«traidores»?) se les cargaba la mochila con piedras por hablar en castellano. Los inventores de patrias funcionan en todas partes de la misma manera.

Pero el caso eslovaco demuestra también cómo cuando se imponen estas visiones nacionalistas extremas se comienza haciendo barbaridades en el campo de la lengua imponiendo la «patriótica» sobre la considerada ajena, aunque se hable allí desde siglos y se termina desconociendo las más elementales reglas del Estado de Derecho. En el informe de la Comisión Europea se señala también que los Ministerios eslovacos desconocen las sentencias de los tribunales cuando no les son favorables y se afirma que el Gobierno utiliza a la Policía y a los servicios secretos para intimidar a la oposición. Y es que la simbiosis nacionalismo-comunismo produce sinergias patentes e inevitables entre ambos componentes, que son necesariamente letales para la democracia, como se ve también en la Serbia de Milosevic y aunque el comunismo se disfrace de socialismo.

Eslovaquia demuestra muy a las claras adonde llevan las desmesuras del patriotismo propio de los nacionalismos y cuán peligrosas son para la estabilidad democrática. No puede extrañar que Eslovaquia siga en la sala de espera de la Europa democrática en la que no caben las «únicas patrias» que se construyen o se inventan sobre la laminación de los «traidores».

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